viernes, 16 de julio de 2010
Vuelan vuelan mariposas, maripositas de la mar. Por encima de la espuma, ¿sabeís? vuelan como si no tuvieran otro propósito, otro fin. Rozan el agua blanquecina con la punta de sus minúsculas patas, y el mar se regocija ante ese sutil contacto, como si las pocas gotas de agua que pudieran levantar en su vuelo formaran palabras, y esas palabras, frases, y esas frases, emociones de las que se alimentara el mar para sobrevivir en su eterna y monótona existencia. Y de repente aquí, hablando de mariposas que no existen pero que son tan, tan felices, que parece que debieran haber existido en algún momento, como si estuvieran predestinadas a ser las madres de la felicidad más absoluta. Pero no lo fueron, y eso es todo. Quedarán pues en la memoria, en el colectivo, deseando en lo más profundo de su ser ser o haber sido, y conformándose, resignadas, a los límites de mi paranoica imaginación.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
