
Lo miré y dije: "Oh Dios mío, ¡Qué sumamente adorable...!" Se me cayeron los ojos a la par que el labio inferior, respiré por primera vez en toda la tarde de forma pausada y tranquila, y mis hombros se relajaron como pocas veces lo habían hecho desde la salida del sol. Ese regordete osito panda me había edulcorado el carácter por momentos mejor que cualquier bombón, mejor que (casi) cualquier sonrisa, mejor que la inmensa mayoría de los (que no todos) abrazos.
Me entraron unas ganas irresistibles de atravesar la pantalla y darle un abrazo a ese peluchito de ojos negros, de acurrucarme junto a su suave piel e hibernar hasta que llegase el verano, los rayos cálidos, los pantalones cortos y las despreocupaciones. Pero eso era lo que era, una foto en la pantalla de mi ordenador, nada más. A mi pesar, nada más. Pero aún así soy feliz, porque su efecto de adormidera sobre mi incansable conciencia duró unos instantes preciosos y suficientemente largos como para permitirme soñar despierta en un día que, como hoy, no se nos permite soñar. Así que sólo me queda avisar a todos los soñadores como yo que se refugien en el dulce osito panda de su imaginación, es decir, que se protejan allá dónde la vida no puede alcanzarles: dentro de ellos mismos.
