Esta vez fue ella quién le vió, pero no él. Estaba en un recinto lleno de gente. Había gente por todos los lados, había casi más gente que aire. Multitud de sonidos, colores, olores, perfumes, texturas y esencias. Y presencias.
Ella se estaba agobiando. Odiaba los lugares con mucha gente. Siempre tenía la impresión de que la estaban observando. Levantó la mirada, como la levantan todos aquellos que frente a ellos no tienen nada interesante que mirar, y observó su salvación al otro lado del recinto: unas escaleras. Perfecto. Desnivel total con el resto del mundo que había decidido compartir su mismo espacio-tiempo.
El cómo llegó a las escaleras sigue siendo el mayor de los secretos. De ello sólo recuerda que llegó. Cansada, agobiada y exhausta, pero llegó. Subió con pies de plomo los suficientes escalones como para escapar de la atmósfera cargada que presionaba su mente, y se sentó.
La vista desde allí arriba era realmente bonita. Se veía a las mareas de gente moverse al unísono, según una norma que nadie sabía, pero que desde la altura de ella se podía hasta dibujar con pluma. Parecía imposible que entre tanto caos hubiera un orden.
Y parecía también imposible que entre la marea humana ella fuese capaz de distinguir una cara, un rostro, de entre todos los demás. Pero lo hizo. Lo obsevó con la pericia de quien observa sin ser visto. Le contempló durante un tiempo incontable y apenas recordado. Le observó moverse, hablar, observar a su vez. Hasta que se ocultó tras una enorme chaqueta marrón, y desapareció. Había vuelto a la nada de donde vino.
Y ahora a ella le tocaba vover junto a la multitud caótica que la reclamaba como parte de su ser.
viernes, 19 de febrero de 2010
Otra tragedia humana
Dulces hadas de la infame ciénaga,
llevaos a mis fantasmas con vosotras,
no me importa si al valle o a la vega,
pero sacad a los muertos de mi torturada cabeza.
No sabeís lo que sufro,
no sabeís lo que siento,
no hay llanto ni lamento
que exprese mi corazón
cada vez que éste palpita.
No es vida, no es mentira,
Son rosas rojas de melancolía.
Quién hablara, quién diría,
el embuste más grande,
llamado vida.
llevaos a mis fantasmas con vosotras,
no me importa si al valle o a la vega,
pero sacad a los muertos de mi torturada cabeza.
No sabeís lo que sufro,
no sabeís lo que siento,
no hay llanto ni lamento
que exprese mi corazón
cada vez que éste palpita.
No es vida, no es mentira,
Son rosas rojas de melancolía.
Quién hablara, quién diría,
el embuste más grande,
llamado vida.
domingo, 14 de febrero de 2010
Primera visita
Sucedió el dia en el que las cosas no tenían que suceder. Pero sucedió. De repente, desapareció. Todo cambió. Fue como el despertar de un nuevo día, y el olvido inmediato del día anterior. Surgió de la nada, o, mejor dicho, de la puerta. Llegó, se apoyó en el quicio descolorido y chirriante, lo hizo crujir bajo su peso, y ella levantó la mirada del cuaderno que tenía entre las manos.
Lo miró como si en ese momento no creyera que él estuviera allí. Lo miró como si en vez de llegar tarde, hubiese llegado pronto. Porque había sucedido cuando no tenía que suceder. No era el día en el que él tenía que aparecer, porque cuando llegase el día, ella le estaría esperando. Y él la había cogido por sorpresa.
Ninguno de los dos sabía que hacer en aquel momento, aquel momento que sabían que no les pertenecía. Entonces él la miró, se giró, y se fue por donde había venido.
Tendrían una eternidad para hablar y recibirse, pero no entonces, no en aquel momento. Todo llegaría, pensaron los dos.
Y ella, al volver a contemplar un vacío en el umbral, bajó de nuevo la vista a su cuaderno, y comenzó a escribir.
Lo miró como si en ese momento no creyera que él estuviera allí. Lo miró como si en vez de llegar tarde, hubiese llegado pronto. Porque había sucedido cuando no tenía que suceder. No era el día en el que él tenía que aparecer, porque cuando llegase el día, ella le estaría esperando. Y él la había cogido por sorpresa.
Ninguno de los dos sabía que hacer en aquel momento, aquel momento que sabían que no les pertenecía. Entonces él la miró, se giró, y se fue por donde había venido.
Tendrían una eternidad para hablar y recibirse, pero no entonces, no en aquel momento. Todo llegaría, pensaron los dos.
Y ella, al volver a contemplar un vacío en el umbral, bajó de nuevo la vista a su cuaderno, y comenzó a escribir.
jueves, 11 de febrero de 2010
Camino y caminante
¿De verdad cabe el sentir
alegría por cada instante?
Si es que el hecho de vivir
es un camino oscilante
que termina en un morir
con una puerta delante.
¿Y porqué no puede hundir
el pie en tierra el caminante?
Por que su fin es andar
por una cuerda de hilo,
porque vivir es caminar
por la senda del destino.
(Y que no se le ocurra parar
en un recodo del camino)
alegría por cada instante?
Si es que el hecho de vivir
es un camino oscilante
que termina en un morir
con una puerta delante.
¿Y porqué no puede hundir
el pie en tierra el caminante?
Por que su fin es andar
por una cuerda de hilo,
porque vivir es caminar
por la senda del destino.
(Y que no se le ocurra parar
en un recodo del camino)
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