Esta vez fue ella quién le vió, pero no él. Estaba en un recinto lleno de gente. Había gente por todos los lados, había casi más gente que aire. Multitud de sonidos, colores, olores, perfumes, texturas y esencias. Y presencias.
Ella se estaba agobiando. Odiaba los lugares con mucha gente. Siempre tenía la impresión de que la estaban observando. Levantó la mirada, como la levantan todos aquellos que frente a ellos no tienen nada interesante que mirar, y observó su salvación al otro lado del recinto: unas escaleras. Perfecto. Desnivel total con el resto del mundo que había decidido compartir su mismo espacio-tiempo.
El cómo llegó a las escaleras sigue siendo el mayor de los secretos. De ello sólo recuerda que llegó. Cansada, agobiada y exhausta, pero llegó. Subió con pies de plomo los suficientes escalones como para escapar de la atmósfera cargada que presionaba su mente, y se sentó.
La vista desde allí arriba era realmente bonita. Se veía a las mareas de gente moverse al unísono, según una norma que nadie sabía, pero que desde la altura de ella se podía hasta dibujar con pluma. Parecía imposible que entre tanto caos hubiera un orden.
Y parecía también imposible que entre la marea humana ella fuese capaz de distinguir una cara, un rostro, de entre todos los demás. Pero lo hizo. Lo obsevó con la pericia de quien observa sin ser visto. Le contempló durante un tiempo incontable y apenas recordado. Le observó moverse, hablar, observar a su vez. Hasta que se ocultó tras una enorme chaqueta marrón, y desapareció. Había vuelto a la nada de donde vino.
Y ahora a ella le tocaba vover junto a la multitud caótica que la reclamaba como parte de su ser.
viernes, 19 de febrero de 2010
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